SOBRE EL NUEVO ORGULLO Y LA VUELTA A LOS ORÍGENES


Este año hemos sido testigos de cómo eventos multitudinarios se han visto afectados por la pandemia de la COVID-19. Algunos han sido retrasados y otros cancelados, como las celebraciones del Orgullo -me niego a usar anglicismos cuando en nuestro idioma tenemos palabras propias- por todo el país.


Me centro en las celebraciones de Madrid, pues es la que más conozco y tal vez es un reflejo del de las demás ciudades españolas. Aún hoy no está del todo claro cómo se va a celebrar, pues desde diferentes asociaciones aseguran que será online -e-orgullo- y respetando los días fijados desde el año pasado. Pero algo sí que está claro. Esta edición va a ser muy diferente a las anteriores. Quizás nos encontremos con el Orgullo más reivindicativo, más puro, desde hace años. Una vuelta a los orígenes, esos a los que tanto se habla cada 28 de junio y cada Orgullo.


No escribo nada nuevo si hablo sobre la capitalización de una marca, Pride, sustentada por empresarios, que se visten con los colores de la bandera multicolor y fijan precios -la mayoría de ellos desorbitados- marcas de bebidas “oficiales”, macro-fiestas y una programación a su gusto. No les culpo, al fin y al cabo, es algo lógico y normal en el capitalismo. Buscar el negocio, ganar dinero.


Es una fiesta, quizás la más importante y multitudinaria de Madrid, que reúne miles y miles de asistentes en sus calles. Pero el problema viene cuando se queda en eso. En fiesta, en beber. Y se deja de lado la parte reivindicativa, el núcleo de la celebración. Porque seamos sinceros, ¿cuánto peso se le da a la manifestación estatal, que pasa de puntillas, de forma rápida para dejar paso a las carrozas? Cada año queda patente que van menos asistentes a la manifestación, llenándose las calles cuando se acerca el momento de salida de la parte lúdica. Y del Pregón, ¿qué se recuerda, el mensaje emitido o la diva que se sube al escenario y dice cuatro palabras?


Esta edición, sin duda, va a ser recordada por no tener nada de eso en sus calles. Y en esta ocasión, tenemos en nuestras manos volver al origen del Orgullo. A la lucha, a alzar la voz por todos aquellos países donde a día de hoy es delito amar a una persona de tu mismo sexo. Por todos aquellos partidos, asociaciones y personas que siguen estancadas en el siglo pasado. Y por todas aquellas víctimas que nuestro colectivo ha llorado y ha olvidado. Tenemos la ocasión de despertarnos, que llevamos muchos años aletargados. También es buen momento para ver que nuestro país tiene su propia historia LGTBI. Que lo sucedido en Stonewall Innfue un hito, pero que nosotros tuvimos un Pasaje Begoña y lo tenemos abandonado y casi olvidado.


Hay que celebrar la diversidad, ¡claro que sí! Pero sin olvidar que tenemos la oportunidad, ahora más que nunca, de convertir el Pride, marca registrada, en Orgullo. Y de despertar al colectivo que tan dormido está.




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